Un pessebre per Nadal

Les menudes del Club van tornar a demostrar que són unes artistes. Mireu quin pessebre han fet!

I així amb aquest goig us desitgem Bon Nadal!

Pessebre nenes  

Per assaborir millor aquesta festa, us deixem amb un post d’Enrique Monasterio:

Dios en pañales

Si la Encarnación del Hijo de Dios hubiese sido una fábula, un invento humano, la Navidad habría sido muy distinta. Jesús habría aparecido en este mundo de repente, en plenitud de vigor físico, como un superhombre dotado de poderes fantásticos. Tal vez habría llegado en una nave espacial o en un trineo mágico arrastrado por renos voladores de cuernos fluorescentes. Sin embargo Dios prefiere las cosas más sencillas. El pregón de la primera Nochebuena —el más solemne de la historia— lo divulgó un Ángel. Era lo que cabía esperar. Y, por supuesto, dio una señal inequívoca a los pastores para que identificaran al Dios recién nacido. ¿Acaso un baile de estrellas en el cielo? ¿Un espectáculo de luz y relámpagos con música celestial? Ni mucho menos: —Esto os servirá de señal —anunció—: encontraréis a un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Pues valiente señal. ¿En qué va a estar envuelto un recién nacido? ¿En mantas de Palencia? ¿Y qué hacen unos pañales en la boca de un Mensajero del Cielo? ¡Dios en pañales! ¿Cuándo se ha visto algo semejante? Para colmo, hasta el Catecismo de la Iglesia Católica, que es un tratado teológico de gran rigor, habla de esos pañales y asegura que son “signo” del Misterio de Cristo (Cfr. n. 515). Todo es así de escandaloso en Navidad. Dios quiso necesitar pañales, y agua y jabón para lavarlos. Y necesitó una Madre que lo llevara en su seno nueve meses, como cualquier otro niño, y unas manos femeninas que lo acariciaran, y unos pechos que le dieran alimento. Dios descansó inerme y abandonado en los brazos de una chiquilla ante la mirada embobada de un artesano. Dios “necesitó” una familia para ser verdadero hombre. ¿Es cierto lo que acabo de escribir?: ¿”necesitó”? Me temo que no. Él pudo haber venido a la tierra de mil maneras. Y, para ser “realmente humano” bastaba con que tuviese cuerpo y alma como nosotros. Y, por tanto, inteligencia y voluntad. Y debilidades y pasiones… Hasta aquí lo que explican los teólogos clásicos. Sin embargo, Jesús quiso algo más: una estirpe con una tradición y una cultura propias, una lengua aprendida en casa, con su acento regional y sus errores; una Madre que le enseñara a caminar, a vestirse solo, a manejar las manos, a no hacer porquerías, a comer, a obedecer; un padre que le iniciase en el oficio de artesano y le contara viejas historias al son de la sierra y el martillo. De todo esto nos habla la Navidad. Por eso decimos que es un tiempo “de familia” y “para” la familia. No porque lo disponga la publicidad de unos grandes almacenes. Este es un tiempo para descubrir que en los pañales de un niño podemos encontrar a Dios. Que, en ese mundo pequeño, hecho de tradiciones mínimas, de chistes privados, de pequeños enfados y lágrimas compartidas, de recuerdos comunes y risas, hay “un algo divino”, una huella del Dios hecho hombre, que nació entre pañales. Y así crecía, según San Lucas, en estatura, en gracia de Dios y en sabiduría.
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